Lady L

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jueves, 20 de octubre de 2011

Boom

Hay pequeñas cosas que pueden hacer que un día de mierda sea un poquito mejor.

Cuando era chica de vez en cuando había amenaza de bomba en la escuela. Entonces nos hacían salir a todos, nos llevaban a dos cuadras de distancia (precaución ridícula si las hay, porque si lo de la bomba era cierto nos moríamos igual) y ahí, mientras llegaban los bomberos y revisaban aula por aula, nosotros jugábamos interminablemente al juego de la oca, felices de perder unas cuantas horas de clase.

Cada vez que hay simulacro de incendio en el trabajo me acuerdo de esa época. También nos hacen bajar a todos y nos dicen que esperemos en la esquina. Hay personas encargadas de mantener la calma y de guiar a la multitud por las salidas de emergencia (se las reconoce por el ridículo casco rojo que las obligan a usar).

Así que ahí vamos, toda la manada de ovejitas mansas a papar moscas mientras termina el simulacro. Algunos se estresan porque tienen cosas que hacer. Otros se mantienen alienados en las pantallas de sus Blackberries. Yo disimulo la alegría de escapar por un rato del odioso escritorio. Claro que si  propongo jugar al juego de la oca con Gente Seria Con Mayúsculas corro el riesgo de que me miren un poco raro, por eso opto por aprovechar el bache para ir a mirar vidrieras al shopping o a tomar un cafecito por ahí.

Lo de la amenaza de bomba no se le ocurrió a nadie. Todavía. 

"Betty vs. the pigeons", ilustración de Neal Mc. Cullough

martes, 4 de octubre de 2011

La señorita Cora (con el perdón de Julio)

Es cierto que desde que trabajo muchas horas por día no me ocupo de la limpieza de la casa. Para eso viene una mujer los lunes que se encarga de transformar el caos más absoluto en un sitio habitable: Cora.

Cora limpia, ordena, encera, plancha, hasta le saca brillo a los adornos. Y como si fuera poco, para el deleite de mi alma antisocial, no habla. Apenas llega se pone los auriculares y hace la suya. Se ríe sola de los chistes que escucha en la radio, decide sola dónde va cada cosa y busca -también sola- las cosas que necesita para hacer la limpieza. Además trabaja en la casa de mis cuñados, y una vez les preguntó si yo era hippie, supongo que por el despliegue de piezas para armar accesorios que encuentra cada vez que viene.

Cora es lo más. Pero el hecho de tener a alguien que lo haga no significa que se me vayan a caer los anillos si tengo que ponerme a limpiar. No es algo que disfrute (tampoco soy masoquista) y además soy “un poco” dejada, pero durante mi época de estudiante lo hice, mal o bien, y también mientras fui desocupada y pseudo desocupada.

Una vez una ex jefa me preguntó, con los ojos abiertos de par en par, mezcla de asombro y afectación: ¿Alguna vez limpiaste un baño?  Casi se muere cuando le dije que sí. Vale aclarar que es la misma mujer que me dijo un día “yo prefiero que las mucamas sean paraguayas, porque son como animalitos”. Un festival para el INADI.

¿Alguna otra Cora por ahí? ¿O una frase que supere la de las paraguayas?

P.D: Mañana el post lo escribe Anne Boleyn. Ya lo leí y está buenísimo J

jueves, 29 de septiembre de 2011

Que los cumplas... ¿feliz?

Qué feos son los festejos de cumpleaños en la oficina. Por lo general el circo empieza una semana antes, con un mail recordatorio invitándote a participar de la colecta para el regalo. Eso significa más de dos mails semanales anunciando que “se acerca el cumpleaños de Fulano, de Mengano y de Porongo Mocho, el que quiera colaborar con el regalo por favor acerque su aporte a Sultanita” (porque siempre son mujeres las que se ocupan de las colectas, ¡obvio!).

El día “D” arranca con la decoración con guirnaldas multicolores de la oficina o box del homenajeado, para que nadie pueda alegar desconocimiento y todos se sientan obligados a pasar y saludar. Y no se contentan con un único saludo al principio del día, claro que no. Creen necesario hacer un comentario cada vez que te cruzan por el pasillo, del estilo “¿Y? ¿Cómo te trata el cumpleaños?” como si el cumpleaños fuera una persona física capaz de tratarte bien o mal, o “¿Cómo lo estás pasando”?, pregunta que se respondería sola si fueras capaz de ver que en lugar de estar tomando mojitos en algún bar estoy acá trabajando, pedazo de marmota.

Pero todavía falta lo mejor. Al final de cada mes, otro correo electrónico invita a los empleados del piso a concurrir a una de las salas de reuniones para “festejar” todos los cumpleaños del mes, si es que se puede profanar este verbo para referirse a tamaño espectáculo. En épocas de "vacas gordas", el ágape consiste en sándwiches de miga, papas fritas, alguna torta fashion y gaseosas varias. Cuando hay escasez, en cambio, sólo hay papitas y chizitos de marca genérica, y para tomar, agua del dispenser en vasitos blancos de telgopor.

Una vez llegada toda la concurrencia empieza el rito, sometiendo a los cumpleañeros a la tortura del cántico falso y acartonado, el cual -por supuesto- es necesario agradecer. Luego se hace entrega de los regalos, que con la inflación y la falta de aumentos vienen cada vez más flacos (a $10 promedio por persona mucho no se puede esperar). Después sigue una media hora siniestra en la que se debaten temas apasionantes como la importancia de la peridural, pros y contras del taco chino o cualidades físicas de los pasantes. En esos minutos uno espera la más mínima oportunidad para levantarse y huir.   

Ayer hubo cumpleaños en la oficina. Menos mal que el mío este año cae domingo, y para el festejo veré cómo me las arreglo para no estar.