Lady L

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martes, 27 de marzo de 2012

I need a drink!

Parece ser que ya se estrenó la quinta temporada de Mad Men en Estados Unidos. Capítulo doble. O sea: dos horas de la impecable imagen de Don Draper y de las miserias personales que se esconden detrás de una perfección aparente.

Porque Don lo tiene todo: una cara envidiable (lo de "buena presencia" le queda chico), un trabajo que ama y en el que brilla por su talento, una esposa hermosa, dos hijos (una nena y un nene, claro), una casa con patio, un perro. Y así y todo su vida se cae a pedazos. Nadie parece ser demasiado feliz en esa serie, quizás por eso es que es tan verosímil y cada frase del guión es para levantarse y aplaudir. 

3,5 millones de personas ya la vieron, pero por acá tendremos que esperar unos días más, ¡maldición!

Imagen: Peruhasdoneit via Flickr

martes, 1 de noviembre de 2011

Ya no queda nada más

Ayer fue Halloween. A falta de fiesta o de algún plan que incluyera calabazas, me disfracé de Bridget Jones y me instalé en el sillón frente a la TV con ¼ kilo de helado para ver el final de “El Elegido”, la novela que me fumé todo el año (al principio para reírme de la particular versión televisiva de un estudio de abogados, después para criticar a la Brédice, y después porque –lo admito- me enganché).

Odio a Echarri y a Paola Krum, pero me gustaba ver a Lito Cruz en su personaje de abogado diabólico, y a Luciano Cáceres como su hijo perturbado encarnando a mi pecado capital preferido: la pereza. Ludovico di Santo era una linda manera de recrear la vista, y había algún que otro personaje pintoresco: Greta, Armenia y Verónica San Martín (¡atencium!).

Para estar a tono con la temática, la verdad es que el final estuvo lejos de hacerle justicia a la novela. Lleno de clichés, de muertes gratuitas y de justificaciones ridículas para los “grandes secretos” que habían sido la base de la historia durante todo el año. ¿Qué joraca es el regüe? ¿Para qué servía? ¿Era necesario que en la última semana apareciera la paparruchada esa de la daga negra y la daga blanca? ¿Y ese final abierto, con Alma que por supuesto empezó a hablar siendo autista?

Malísimo todo, pobre y berreta. Me indignan los guionistas que no planean el final de una historia desde que empiezan a escribirla.
 
Por suerte, para compensar, el helado estuvo 10 puntos.

jueves, 13 de octubre de 2011

Te conozco, mascarita

Hay un diálogo buenísimo en Kill Bill, en el que David Carradine (Bill) le habla a Uma Thurman (Beatrix Kiddo) sobre la mitología de los superhéroes.

Le dice que lo común en una historia de mitología es que por un lado esté el superhéroe, y por el otro su alter-ego. Que Batman en verdad es Bruce Wayne, que Spiderman es en realidad Peter Parker: cuando ese personaje se despierta por la mañana, es Peter Parker. Tiene que ponerse un traje para convertirse en Spiderman.

Dice Bill que en esa característica es en la que Superman no tiene semejante. “Superman no se convirtió en Superman, nació siendo Superman. Cuando se levanta por la mañana, es Superman. Su alter-ego, es Clark Kent. Ese traje, con la S en rojo, era la colcha con la cual estaba envuelto de bebé cuando los Kent lo encontraron. Esa es su ropa. Lo que usa Kent, las gafas, el traje de negocios, ese es el disfraz. Ese es el traje que utiliza Superman para mezclarse entre nosotros. Clark Kent es como Superman nos ve a nosotros. ¿Y cuales son las características de Clark Kent? Es débil, inseguro... es un cobarde. Clark Kent es la crítica que hace Superman sobre toda la raza humana.”

A veces los que no somos superhéroes (o no lo sabemos todavía, ja!) también nos ponemos disfraces para mezclarnos con el resto, para camuflarnos y encajar. En general esos disfraces son como los describe Bill, nuestra propia visión de los que nos rodean, o en algunos casos, nuestra versión de cómo pensamos que los otros nos ven. Nos ponemos máscaras que van variando de acuerdo a la ocasión. Si el disfraz es lo suficientemente bueno, quizás los demás nunca lleguen a notar el artificio. El peligro está en dejárselo puesto demasiado tiempo, y olvidarse de cuál era nuestra identidad original.


"Superman's day off", Jennie Ottinger, 2010

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Don Draper lo haría mejor

No sé si a las agencias publicitarias argentinas se les acabaron las ideas, o si están haciendo una huelga de neuronas, pero últimamente me da la sensación de que todos los avisos para televisión tienen el mismo tema: la invasión de los espacios privados.

Odontólogos que se meten en tu baño o en el probador de un local de ropa para comprobar que tus dientes no están tan blancos y brillantes como deberían.  

Cocineros que irrumpen en tu cocina para decirte que tu receta de fideos es una reverenda porquería y que con Merdicrim quedarían mucho mejor.

Mr. He-Man que, cual pibe chorro, entra por la ventana con su traje naranja chillón para ofrecerte el milagro de la limpieza absoluta, una especie de receta de la felicidad (al menos eso parecería pensar la oligofrénica que friega las hornallas vestida de princesa).

Hordas de amigos hambrientos y amarretes que deciden armar una fiesta en tu departamento sin consultarte (esta brillante idea aplica para vender vino, agua saborizada, cerveza, etc).

¿Ésa es la mejor estrategia que encuentran para crearnos necesidades? ¿Qué les pasa a los creativos? Yo, que detesto cualquier tipo de invasión a mis espacios, que ni siquiera atiendo el teléfono fijo porque no puedo saber de antemano quién va a perturbar mi paz, no dudaría en sacar a tiros de mi hogar a toda esa gente si se atrevieran a molestarme de esa manera. Esas publicidades me violentan, me provocan una reacción que supongo es la opuesta a la que esperan del consumidor. 

Así que, como diría Moria: no señores, hoy no compro lo que me quieren vender.

Hello, Don.