Soy de las que siempre se quejan de la mal llamada viveza criolla, de las que sienten vergüenza ajena cuando alguien se sube al subte sin boleto, o falsifica credenciales para entrar gratis a un recital o un museo. Creo que lo que más me molesta es el que se jacta de tales “proezas” y que con cada peso ahorrado se cree un poco más inteligente que los demás.
Pero la vida te pone a prueba de modos misteriosos (Pastor Gimenez’ s alert). En este momento me debato entre el bien y el mal, entre el ser y el deber ser, estoy parada en el precipicio a punto de caer en el abismo de la argentinidad, del cual ya no hay retorno posible.
Resulta que hace un mes y pico hice un pedido de libros a Amazon, por culpa de Anne Boleyn, que me dio la idea acá. Como no llegaron a tiempo hice el reclamo, y en menos de 5 horas había recibido las disculpas de Amazon y la confirmación de que habían cargado el pedido de nuevo.
Hoy recibí las dos cajitas juntas en mi casa. O sea que en lugar de 3 hermosos libros tengo 6.
Tengo 3 opciones:
1) Ser una persona civilizada y notificar a Amazon, para ver cómo es el tema de la devolución.
2) Poner cara de Gollum y atesorar los libros al grito de "my precious" para hacer feliz a alguien que comparta mis gustos literarios.
3) Esperar un tiempo prudencial a ver si me reclaman algo, y luego proceder a la opción 2 con más tranquilidad mental, convenciéndome de que la orden extra es una especie de compensación por la demora original.
Dudo, dudo, no paro de dudar.
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| "Beauty for Annabelle", ilustración de Denise Van Leeuwen |




