Lady L

Lady L

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Don Draper lo haría mejor

No sé si a las agencias publicitarias argentinas se les acabaron las ideas, o si están haciendo una huelga de neuronas, pero últimamente me da la sensación de que todos los avisos para televisión tienen el mismo tema: la invasión de los espacios privados.

Odontólogos que se meten en tu baño o en el probador de un local de ropa para comprobar que tus dientes no están tan blancos y brillantes como deberían.  

Cocineros que irrumpen en tu cocina para decirte que tu receta de fideos es una reverenda porquería y que con Merdicrim quedarían mucho mejor.

Mr. He-Man que, cual pibe chorro, entra por la ventana con su traje naranja chillón para ofrecerte el milagro de la limpieza absoluta, una especie de receta de la felicidad (al menos eso parecería pensar la oligofrénica que friega las hornallas vestida de princesa).

Hordas de amigos hambrientos y amarretes que deciden armar una fiesta en tu departamento sin consultarte (esta brillante idea aplica para vender vino, agua saborizada, cerveza, etc).

¿Ésa es la mejor estrategia que encuentran para crearnos necesidades? ¿Qué les pasa a los creativos? Yo, que detesto cualquier tipo de invasión a mis espacios, que ni siquiera atiendo el teléfono fijo porque no puedo saber de antemano quién va a perturbar mi paz, no dudaría en sacar a tiros de mi hogar a toda esa gente si se atrevieran a molestarme de esa manera. Esas publicidades me violentan, me provocan una reacción que supongo es la opuesta a la que esperan del consumidor. 

Así que, como diría Moria: no señores, hoy no compro lo que me quieren vender.

Hello, Don.


martes, 27 de septiembre de 2011

Entrevista de trabajo ideal

Entrevistador: A ver, cuénteme, ¿qué sabe hacer?
R: Leer, comer y dormir.
Entrevistador: Hmmm, interesantes aptitudes, básicamente en eso consiste el trabajo. ¿Se destaca en alguna de las tres?
R: Soy excelente en todas. Estoy dispuesta a hacer una prueba.
Entrevistador: Eso estaría muy bien, hay otros candidatos.
R: Ninguno como yo, estoy segura.
Entrevistador: Se tiene fe, me gusta. ¿Cuántas horas estaría dispuesta a trabajar?
R: Siete, ocho como máximo. Todo lo demás serían horas extras, otro precio.
Entrevistador: Por supuesto, todos queremos tener tiempo para otros placeres. ¿Cuáles serían los suyos?
R: Leer, comer y dormir.
Entrevistador: Usted me cae bien. ¿Cuál sería su remuneración pretendida?
R: Podríamos empezar con unos diez mil pesos, más comidas, teléfono, un bono a fin de año y otros beneficios que usted me dirá.
Entrevistador: Perfecto, es más o menos el número que se está manejando. En cuanto a los beneficios, hay descuentos especiales en Regina, Maggio & Rosetto y Kosiuko. Los viernes se trabaja hasta el mediodía y las vacaciones son de tres meses.

¿Será mucho pedir?

"Joven decadente", Ramón Casas, 1899.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Cada loco con su tema

Cada vez que entro a una librería, o a una biblioteca de esas envidiables, repletas de libros desde el piso al techo, me invade la misma sensación desesperante de voracidad literaria . Me doy cuenta de que no me va a alcanzar la vida para leer (o releer) todo lo que me gustaría. Hay gente a la que le pasa con la música, o con las películas. A mí me pasa con los libros, y -aclaro por las dudas- sólo con los de ficción: cuentos y novelas.

Una vez escuché a un profesor decir que uno debe deshacerse lo más rápido posible de "la culpa de no haber leído". Yo no sé si lo llamaría culpa. Se parece más a una ansiedad angustiante. Tengo un cuadernito en el que anoto todos los títulos que quiero tener y los voy comprando de a poco, aunque algunos queden ahí arrumbados hasta quién sabe cuándo. Una vez que los tengo en mi casa es distinto, siento que están más cerca. Cuando era chica hacía lo mismo pero al revés: le hacía a mi hermana una lista de todos los que ya había leído y ella se encargaba de buscar y traerme títulos nuevos para leer. Siempre hay figuritas difíciles que cuesta conseguir, las de ahora vendrían a ser "La verdadera vida de Sebastian Knight" de Nabokov, "Años luz" de Salter y "Middlemarch" de G. Eliot. (ya los voy a encontrar, chiquitos!).

Pero además de leer me gusta mucho tener libros, ordenarlos, ponerles fecha. Ver cómo se van reproduciendo hasta formar una Biblioteca con mayúsculas. Me fascina el libro como objeto, un buen diseño de tapa, el olor y la textura del papel, las dedicatorias. Soy capaz de cortar manos si presto libros y no vuelven, o aparecen con hojas rotas u onduladas por la humedad (nunca voy a entender a la gente que lleva libros prestados a la playa y los devuelve todos estropeados sin ningún tipo de remordimiento). Por eso debe ser que no me convence del todo el Ipad ni los libros electrónicos, por más útiles y cool que sean esos chiches. A mí déjenme pasar las hojas, y doblarles la esquinita para saber por dónde voy.


Fuente:www. thereadables.tumblr.com

viernes, 23 de septiembre de 2011

Cuando el borracho quiere beber

Más allá del poder adquisitivo (capaz de determinar gustos o posibilidades), hay etapas y edades para cada bebida alcohólica. Hay instancias superadas a las que ya no volvería, sea porque me he aburguesado o por culpa del refinamiento hepático que viene de la mano del paso de los años.

En mi trayectoria etílica tuve distintas fases: una inicial, de amor desenfrenado por el Gancia con limón y sus allegados (Pronto, Dr. Lemon y todas esas porquerías) y el tequila con Sprite, allá por 1997/1998. Tan apasionado fue ese amor que terminamos mal, sin querer vernos más, salvo contadísimas excepciones en las que siento un poco de nostalgia adolescente y entonces reincido.

La segunda fase fue más reposada, más dulce, de vinito blanco espumante o rosado, Baileys, y tragos almibarados como el Daikiri, el Sex on the beach o el noventoso Miami Vice. Todavía no abandoné esta etapa del todo, pero ahora el ron tiene que ser Bacardi o Havana Club y no “Cacique”, “Castillo” o “Negrita”.

En determinado momento dejé entrar a la cerveza, que antes detestaba por amarga (me refiero a la cerveza), todo porque se ve que no había conocido las delicias de una Heineken bien helada, si es posible acompañada de unos palitos salados o de un plato con maní.

El vino tinto ya es más de adulto, una amiga dice que tomar vino es signo de que uno ya se hizo grande, y quizás tenga razón. Ésa es la etapa actual: la de la copa de vino tinto, el Mojito, la Caipirinha (si es con sake mejor), el Gin tonic, el Pisco sour, el champagne.

Por el momento, me abstengo deliberadamente del Fernet, la grapa, la caña Legui, el Tía María y el Cosmopolitan (aunque al ser la bebida oficial de las chichis de Sex and the City queda tan lindo y es tan snob). El gusto por el whisky dicen que es sólo una cuestión de edad. Habrá que ver.




jueves, 22 de septiembre de 2011

Feliz no primavera


Lo sospeché llegando al trabajo, cuando vi una proporción demasiado alta de vendedores de flores por cuadra. Lo confirmé más tarde, cuando todas las páginas de Internet se empeñaban en asociar la primavera con la felicidad (casi tan inverosímil como vincular el tocino con la velocidad). Es un hecho: el fin de la juventud se anuncia cuando el 21 de septiembre nos pasa desapercibido

Feliz era uno antes, de chico, cuando festejaba el día de la primavera sin ir a la escuela, atragantándose con sanguchitos de jamón y queso y coca cola medio tibia, tirado al sol en alguna superficie de pasto. Más feliz todavía era uno a los 17, en el último año del secundario, cuando el día del estudiante era lisa y llanamente un descontrol, y no importaba si llovía o hacía frío porque se festejaba igual. Me acuerdo y me emociono, hasta le pongo música de fondo y suena Sombras o Amar Azul. Incluso en la facultad, si bien uno ya se creía grande para la parafernalia del pic-nic, por lo menos la universidad tenía la decencia de no dictar clases ese día. Es más: hasta semana del estudiante tenían algunos guarangos como los de Bellas Artes.

¿Y ahora? 21 de septiembre y no hay pic-nic, ni sanguchitos ni descontrol, al sol lo veo de lejos y hay que trabajar, a menos que uno sea docente, que no es el caso. Lo más primaveral que tengo a mano es un cuadro horrendo de hortensias pintadas a mano que quién sabe de dónde salió.

Entonces, como Alicia, prefiero proyectar un banquete primaveral fuera de fecha, inesperado, que tenga un poquito de cada cosa de las que en algún momento nos dieron felicidad. Que pongan cumbia. Y si viene el Sombrerero Loco mucho mejor.