No sé si a las agencias publicitarias argentinas se les acabaron las ideas, o si están haciendo una huelga de neuronas, pero últimamente me da la sensación de que todos los avisos para televisión tienen el mismo tema: la invasión de los espacios privados.
Odontólogos que se meten en tu baño o en el probador de un local de ropa para comprobar que tus dientes no están tan blancos y brillantes como deberían.
Cocineros que irrumpen en tu cocina para decirte que tu receta de fideos es una reverenda porquería y que con Merdicrim quedarían mucho mejor.
Mr. He-Man que, cual pibe chorro, entra por la ventana con su traje naranja chillón para ofrecerte el milagro de la limpieza absoluta, una especie de receta de la felicidad (al menos eso parecería pensar la oligofrénica que friega las hornallas vestida de princesa).
Hordas de amigos hambrientos y amarretes que deciden armar una fiesta en tu departamento sin consultarte (esta brillante idea aplica para vender vino, agua saborizada, cerveza, etc).
¿Ésa es la mejor estrategia que encuentran para crearnos necesidades? ¿Qué les pasa a los creativos? Yo, que detesto cualquier tipo de invasión a mis espacios, que ni siquiera atiendo el teléfono fijo porque no puedo saber de antemano quién va a perturbar mi paz, no dudaría en sacar a tiros de mi hogar a toda esa gente si se atrevieran a molestarme de esa manera. Esas publicidades me violentan, me provocan una reacción que supongo es la opuesta a la que esperan del consumidor.
Así que, como diría Moria: no señores, hoy no compro lo que me quieren vender.




