Lady L

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viernes, 30 de septiembre de 2011

Zapatos nuevos

Cuando terminé séptimo grado pedí de regalo el libro de Mafalda, ese amarillo de tapas duras tamaño XL que tiene todas las historietas publicadas (más algunas inéditas) y que hoy, viejo y amarillento, sigue siendo uno de mis tesoros más preciados.

Quino es un genio. Tiene una sensibilidad envidiable para retratar con humor situaciones cotidianas, y algunas que no lo son tanto. A los doce años obviamente me perdía una gran parte de ese humor que fui descubriendo después al releer una y otra vez esas tiras, de las que no me canso nunca (me viene a la cabeza cuando Mafalda le pide al padre que le explique el tema de Vietnam “sin las partes pornográficas”).

Todos sus personajes tienen rasgos en los que es posible reconocerse, en mayor o menor medida. En mi caso, creo que con el que más me identifico es con Felipe, que vive más en el mundo que se imagina que en el que realmente vive, y es lo más perezoso que existe en cuanto a sus obligaciones (en su caso hacer la tarea). También me gusta creer que conservo un poco de la inocencia de Guille, que tengo mis momentos de lucidez como Mafalda (y que soy un poco bicho raro como ella). No falta una cuota de la bestialidad testaruda de Manolito, y pienso que me vendría bien un poco del optimismo de Miguelito y otro de la actitud desfachatada de Libertad.

Pero hoy estoy en modo Susanesco. No con el tema de los hijitos y todo eso, sino sacando a relucir mi faceta más superficial, rubia y Ohlalera (¿hay un perfil más acertado de la lectora de Ohlalá?). Hoy no me importa nada más que el par de zapatos que me espera en cierto local de cierto shopping del microcentro porteño. Hoy quiero ser Susanita, esa egoísta que vive en una nube de pedo, y que mis preocupaciones pasen sólo por pensar con qué los voy a combinar.   


Harry Ekman, "Blonde with purple negligee and red shoes",


jueves, 29 de septiembre de 2011

Que los cumplas... ¿feliz?

Qué feos son los festejos de cumpleaños en la oficina. Por lo general el circo empieza una semana antes, con un mail recordatorio invitándote a participar de la colecta para el regalo. Eso significa más de dos mails semanales anunciando que “se acerca el cumpleaños de Fulano, de Mengano y de Porongo Mocho, el que quiera colaborar con el regalo por favor acerque su aporte a Sultanita” (porque siempre son mujeres las que se ocupan de las colectas, ¡obvio!).

El día “D” arranca con la decoración con guirnaldas multicolores de la oficina o box del homenajeado, para que nadie pueda alegar desconocimiento y todos se sientan obligados a pasar y saludar. Y no se contentan con un único saludo al principio del día, claro que no. Creen necesario hacer un comentario cada vez que te cruzan por el pasillo, del estilo “¿Y? ¿Cómo te trata el cumpleaños?” como si el cumpleaños fuera una persona física capaz de tratarte bien o mal, o “¿Cómo lo estás pasando”?, pregunta que se respondería sola si fueras capaz de ver que en lugar de estar tomando mojitos en algún bar estoy acá trabajando, pedazo de marmota.

Pero todavía falta lo mejor. Al final de cada mes, otro correo electrónico invita a los empleados del piso a concurrir a una de las salas de reuniones para “festejar” todos los cumpleaños del mes, si es que se puede profanar este verbo para referirse a tamaño espectáculo. En épocas de "vacas gordas", el ágape consiste en sándwiches de miga, papas fritas, alguna torta fashion y gaseosas varias. Cuando hay escasez, en cambio, sólo hay papitas y chizitos de marca genérica, y para tomar, agua del dispenser en vasitos blancos de telgopor.

Una vez llegada toda la concurrencia empieza el rito, sometiendo a los cumpleañeros a la tortura del cántico falso y acartonado, el cual -por supuesto- es necesario agradecer. Luego se hace entrega de los regalos, que con la inflación y la falta de aumentos vienen cada vez más flacos (a $10 promedio por persona mucho no se puede esperar). Después sigue una media hora siniestra en la que se debaten temas apasionantes como la importancia de la peridural, pros y contras del taco chino o cualidades físicas de los pasantes. En esos minutos uno espera la más mínima oportunidad para levantarse y huir.   

Ayer hubo cumpleaños en la oficina. Menos mal que el mío este año cae domingo, y para el festejo veré cómo me las arreglo para no estar.


miércoles, 28 de septiembre de 2011

Don Draper lo haría mejor

No sé si a las agencias publicitarias argentinas se les acabaron las ideas, o si están haciendo una huelga de neuronas, pero últimamente me da la sensación de que todos los avisos para televisión tienen el mismo tema: la invasión de los espacios privados.

Odontólogos que se meten en tu baño o en el probador de un local de ropa para comprobar que tus dientes no están tan blancos y brillantes como deberían.  

Cocineros que irrumpen en tu cocina para decirte que tu receta de fideos es una reverenda porquería y que con Merdicrim quedarían mucho mejor.

Mr. He-Man que, cual pibe chorro, entra por la ventana con su traje naranja chillón para ofrecerte el milagro de la limpieza absoluta, una especie de receta de la felicidad (al menos eso parecería pensar la oligofrénica que friega las hornallas vestida de princesa).

Hordas de amigos hambrientos y amarretes que deciden armar una fiesta en tu departamento sin consultarte (esta brillante idea aplica para vender vino, agua saborizada, cerveza, etc).

¿Ésa es la mejor estrategia que encuentran para crearnos necesidades? ¿Qué les pasa a los creativos? Yo, que detesto cualquier tipo de invasión a mis espacios, que ni siquiera atiendo el teléfono fijo porque no puedo saber de antemano quién va a perturbar mi paz, no dudaría en sacar a tiros de mi hogar a toda esa gente si se atrevieran a molestarme de esa manera. Esas publicidades me violentan, me provocan una reacción que supongo es la opuesta a la que esperan del consumidor. 

Así que, como diría Moria: no señores, hoy no compro lo que me quieren vender.

Hello, Don.


martes, 27 de septiembre de 2011

Entrevista de trabajo ideal

Entrevistador: A ver, cuénteme, ¿qué sabe hacer?
R: Leer, comer y dormir.
Entrevistador: Hmmm, interesantes aptitudes, básicamente en eso consiste el trabajo. ¿Se destaca en alguna de las tres?
R: Soy excelente en todas. Estoy dispuesta a hacer una prueba.
Entrevistador: Eso estaría muy bien, hay otros candidatos.
R: Ninguno como yo, estoy segura.
Entrevistador: Se tiene fe, me gusta. ¿Cuántas horas estaría dispuesta a trabajar?
R: Siete, ocho como máximo. Todo lo demás serían horas extras, otro precio.
Entrevistador: Por supuesto, todos queremos tener tiempo para otros placeres. ¿Cuáles serían los suyos?
R: Leer, comer y dormir.
Entrevistador: Usted me cae bien. ¿Cuál sería su remuneración pretendida?
R: Podríamos empezar con unos diez mil pesos, más comidas, teléfono, un bono a fin de año y otros beneficios que usted me dirá.
Entrevistador: Perfecto, es más o menos el número que se está manejando. En cuanto a los beneficios, hay descuentos especiales en Regina, Maggio & Rosetto y Kosiuko. Los viernes se trabaja hasta el mediodía y las vacaciones son de tres meses.

¿Será mucho pedir?

"Joven decadente", Ramón Casas, 1899.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Cada loco con su tema

Cada vez que entro a una librería, o a una biblioteca de esas envidiables, repletas de libros desde el piso al techo, me invade la misma sensación desesperante de voracidad literaria . Me doy cuenta de que no me va a alcanzar la vida para leer (o releer) todo lo que me gustaría. Hay gente a la que le pasa con la música, o con las películas. A mí me pasa con los libros, y -aclaro por las dudas- sólo con los de ficción: cuentos y novelas.

Una vez escuché a un profesor decir que uno debe deshacerse lo más rápido posible de "la culpa de no haber leído". Yo no sé si lo llamaría culpa. Se parece más a una ansiedad angustiante. Tengo un cuadernito en el que anoto todos los títulos que quiero tener y los voy comprando de a poco, aunque algunos queden ahí arrumbados hasta quién sabe cuándo. Una vez que los tengo en mi casa es distinto, siento que están más cerca. Cuando era chica hacía lo mismo pero al revés: le hacía a mi hermana una lista de todos los que ya había leído y ella se encargaba de buscar y traerme títulos nuevos para leer. Siempre hay figuritas difíciles que cuesta conseguir, las de ahora vendrían a ser "La verdadera vida de Sebastian Knight" de Nabokov, "Años luz" de Salter y "Middlemarch" de G. Eliot. (ya los voy a encontrar, chiquitos!).

Pero además de leer me gusta mucho tener libros, ordenarlos, ponerles fecha. Ver cómo se van reproduciendo hasta formar una Biblioteca con mayúsculas. Me fascina el libro como objeto, un buen diseño de tapa, el olor y la textura del papel, las dedicatorias. Soy capaz de cortar manos si presto libros y no vuelven, o aparecen con hojas rotas u onduladas por la humedad (nunca voy a entender a la gente que lleva libros prestados a la playa y los devuelve todos estropeados sin ningún tipo de remordimiento). Por eso debe ser que no me convence del todo el Ipad ni los libros electrónicos, por más útiles y cool que sean esos chiches. A mí déjenme pasar las hojas, y doblarles la esquinita para saber por dónde voy.


Fuente:www. thereadables.tumblr.com

viernes, 23 de septiembre de 2011

Cuando el borracho quiere beber

Más allá del poder adquisitivo (capaz de determinar gustos o posibilidades), hay etapas y edades para cada bebida alcohólica. Hay instancias superadas a las que ya no volvería, sea porque me he aburguesado o por culpa del refinamiento hepático que viene de la mano del paso de los años.

En mi trayectoria etílica tuve distintas fases: una inicial, de amor desenfrenado por el Gancia con limón y sus allegados (Pronto, Dr. Lemon y todas esas porquerías) y el tequila con Sprite, allá por 1997/1998. Tan apasionado fue ese amor que terminamos mal, sin querer vernos más, salvo contadísimas excepciones en las que siento un poco de nostalgia adolescente y entonces reincido.

La segunda fase fue más reposada, más dulce, de vinito blanco espumante o rosado, Baileys, y tragos almibarados como el Daikiri, el Sex on the beach o el noventoso Miami Vice. Todavía no abandoné esta etapa del todo, pero ahora el ron tiene que ser Bacardi o Havana Club y no “Cacique”, “Castillo” o “Negrita”.

En determinado momento dejé entrar a la cerveza, que antes detestaba por amarga (me refiero a la cerveza), todo porque se ve que no había conocido las delicias de una Heineken bien helada, si es posible acompañada de unos palitos salados o de un plato con maní.

El vino tinto ya es más de adulto, una amiga dice que tomar vino es signo de que uno ya se hizo grande, y quizás tenga razón. Ésa es la etapa actual: la de la copa de vino tinto, el Mojito, la Caipirinha (si es con sake mejor), el Gin tonic, el Pisco sour, el champagne.

Por el momento, me abstengo deliberadamente del Fernet, la grapa, la caña Legui, el Tía María y el Cosmopolitan (aunque al ser la bebida oficial de las chichis de Sex and the City queda tan lindo y es tan snob). El gusto por el whisky dicen que es sólo una cuestión de edad. Habrá que ver.




jueves, 22 de septiembre de 2011

Feliz no primavera


Lo sospeché llegando al trabajo, cuando vi una proporción demasiado alta de vendedores de flores por cuadra. Lo confirmé más tarde, cuando todas las páginas de Internet se empeñaban en asociar la primavera con la felicidad (casi tan inverosímil como vincular el tocino con la velocidad). Es un hecho: el fin de la juventud se anuncia cuando el 21 de septiembre nos pasa desapercibido

Feliz era uno antes, de chico, cuando festejaba el día de la primavera sin ir a la escuela, atragantándose con sanguchitos de jamón y queso y coca cola medio tibia, tirado al sol en alguna superficie de pasto. Más feliz todavía era uno a los 17, en el último año del secundario, cuando el día del estudiante era lisa y llanamente un descontrol, y no importaba si llovía o hacía frío porque se festejaba igual. Me acuerdo y me emociono, hasta le pongo música de fondo y suena Sombras o Amar Azul. Incluso en la facultad, si bien uno ya se creía grande para la parafernalia del pic-nic, por lo menos la universidad tenía la decencia de no dictar clases ese día. Es más: hasta semana del estudiante tenían algunos guarangos como los de Bellas Artes.

¿Y ahora? 21 de septiembre y no hay pic-nic, ni sanguchitos ni descontrol, al sol lo veo de lejos y hay que trabajar, a menos que uno sea docente, que no es el caso. Lo más primaveral que tengo a mano es un cuadro horrendo de hortensias pintadas a mano que quién sabe de dónde salió.

Entonces, como Alicia, prefiero proyectar un banquete primaveral fuera de fecha, inesperado, que tenga un poquito de cada cosa de las que en algún momento nos dieron felicidad. Que pongan cumbia. Y si viene el Sombrerero Loco mucho mejor.



martes, 20 de septiembre de 2011

El oficio más viejo del mundo

Hoy pintó la crítica teatral. El lunes fui a ver una obra altamente recomendable. Me sedujo desde el título (ver imagen más abajo), aunque el hecho de no tener que pagar la entrada siempre es un punto a favor. 

A pesar del nombre, el espectáculo está lejos de ser una revista encabezada por alguno de los gatos tinellescos de turno (ahora que pienso, a ninguno de ellos se le ocurriría jamás pedir perdón). Es un musical hecho y derecho, una reflexión muy divertida acerca de todos esos momentos en los que uno se pseudo prostituye para conseguir algún objetivo, aunque sin llegar nunca a la literalidad, claro (¿claro?).

¿Quién no ha puesto su mejor sonrisa en alguna mesa de entradas de organismo público o juzgado para conseguir un expediente? Me han contado de gente que llega más lejos, ofreciendo facturas o tabletas de chocolate a cambio de información, o de la posibilidad de presentar un escrito fuera de plazo. En ese caso, el prostituido es el que está del otro lado del mostrador, posición que por suerte nunca tuve que ocupar, porque soy absolutamente incapaz de rechazar ofrendas comestibles. Sé también de sujetos de sexo masculino que incluso han invitado a salir a empleadas de mesa de entradas de aspecto -como mínimo- polémico, como bajísimo medio para obtener favores laborales. No hay nada más triste que el prostituto laboral. Bueno, sí, hay cosas más tristes pero no vienen al caso.

¿Quién no se ha encontrado aprobando comentarios o afirmaciones con los que no coincide, por el sólo hecho de no permitirse disentir ante quien los emite? ¿En qué categoría de corrupción entraría eso? ¿Ideológica acaso?

En fin, de todas esas pequeñas formas de prostitución, inocentes casi, pero que se viven a diario, trata la obra que vi el lunes. La actriz protagónica, Mariana Jacazzio, y el director y coreógrafo Alejandro Ibarra,  se llevan todos los aplausos. La dan los lunes a las 21 en el Teatro El Cubo, Zelaya 3053. Ah! Y tienen descuento con Club La Nación. 


De las aves que vuelan me gusta el chancho

... y de las flores silvestres, las empanadas, dice la canción. Sí, a pesar de ser mono en el horóscopo chino me gusta más la figura del chancho, animal vernáculo si los hay, frecuentemente relegado al injusto rol de alcancía o incluso al de insulto (en este último caso acompañado o no del adjetivo “burgués”, o peor aún, como sinónimo de obsceno).

Hay chanchos célebres en la literatura y en el cine. Recuérdese por ejemplo a Napoleón, el chancho dictador de Rebelión en la granja, a Babe el chanchito valiente, a Puerco Araña y su alter ego Puerco Potter en la película de los Simpsons, a Práctico y los otros dos chanchitos del cuento y a los cerdos hambrientos de Snatch, aunque lo más memorable de esa película sea Brad Pitt haciendo de gitano.

Pero lo que más me gusta del chancho y sus variantes (lechón, puerco, marrano, cochino, cerdo, porcino) es que es una fuente inagotable de sabiduría y lenguaje popular. He aquí entonces el Decálogo del Chancho, con las frases, dichos y expresiones que más me gustan y que lo tienen como protagonista indiscutido. ¿Alguna más?


sábado, 17 de septiembre de 2011

Gente grande

Hay gente que debería darse cuenta de que ya no está para ciertas cosas. Chapar en público, por ejemplo. Lo puedo llegar a aceptar de adolescentes fogosos en el cenit de su revolución hormonal, pero no de gente que supera los 30 años y tiene el tupé de hacerlo a plena luz del día. No señor. Y no hablo del besito cariñoso o inocentón, o el saludo de dos que se despiden, que no puede molestar a nadie. Me refiero al chape violento, a los besos cuasi porno en los que parece que los sujetos se empeñaran en comerse uno al otro. Literalmente. ¿Hay necesidad de soportar esa visión en el subte, por ejemplo, un miércoles en hora pico? Es tanta la proximidad a la que obliga la línea B que en esos casos uno hasta se siente parte de la escena hot, empujado a presenciar detalles tales como la fisonomía lingual de dos desconocidos. ¿Por qué? Si yo no quiero tener esas imágenes en mi retina para después -tal vez- tener pesadillas con música de Arjona de fondo. O están los que practican el chape "equilibrista", es decir, sin ningún apoyo (léase pared, árbol, zaguán) donde afirmar tanta pasión contenida. En esos casos se ve a los dos individuos parados y abrazadísimos en una esquina cualquiera, en una especie de lucha constante a ver quién llega más lejos en el beso al otro, con los pies bien plantados para no caerse en medio de la peripecia, pero aún así balanceándose de un lado a otro, en un espectáculo bastante poco digno. Gente con canas, trabajos medianamente respetables, con panzas criadas a pura picada y vino tinto, haciendo esos papelones en plena calle. Consíganse una pieza, che.