Cuando terminé séptimo grado pedí de regalo el libro de Mafalda, ese amarillo de tapas duras tamaño XL que tiene todas las historietas publicadas (más algunas inéditas) y que hoy, viejo y amarillento, sigue siendo uno de mis tesoros más preciados.
Quino es un genio. Tiene una sensibilidad envidiable para retratar con humor situaciones cotidianas, y algunas que no lo son tanto. A los doce años obviamente me perdía una gran parte de ese humor que fui descubriendo después al releer una y otra vez esas tiras, de las que no me canso nunca (me viene a la cabeza cuando Mafalda le pide al padre que le explique el tema de Vietnam “sin las partes pornográficas”).
Todos sus personajes tienen rasgos en los que es posible reconocerse, en mayor o menor medida. En mi caso, creo que con el que más me identifico es con Felipe, que vive más en el mundo que se imagina que en el que realmente vive, y es lo más perezoso que existe en cuanto a sus obligaciones (en su caso hacer la tarea). También me gusta creer que conservo un poco de la inocencia de Guille, que tengo mis momentos de lucidez como Mafalda (y que soy un poco bicho raro como ella). No falta una cuota de la bestialidad testaruda de Manolito, y pienso que me vendría bien un poco del optimismo de Miguelito y otro de la actitud desfachatada de Libertad.
Pero hoy estoy en modo Susanesco. No con el tema de los hijitos y todo eso, sino sacando a relucir mi faceta más superficial, rubia y Ohlalera (¿hay un perfil más acertado de la lectora de Ohlalá?). Hoy no me importa nada más que el par de zapatos que me espera en cierto local de cierto shopping del microcentro porteño. Hoy quiero ser Susanita, esa egoísta que vive en una nube de pedo, y que mis preocupaciones pasen sólo por pensar con qué los voy a combinar.
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Harry Ekman, "Blonde with purple negligee and red shoes", |