Lady L

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martes, 8 de noviembre de 2011

La argentinidad al palo

Soy de las que siempre se quejan de la mal llamada viveza criolla, de las que sienten vergüenza ajena cuando alguien se sube al subte sin boleto, o falsifica credenciales para entrar gratis a un recital o un museo. Creo que lo que más me molesta es el que se jacta de tales “proezas” y que con cada peso ahorrado se cree un poco más inteligente que los demás.

Pero la vida te pone a prueba de modos misteriosos (Pastor Gimenez’ s alert). En este momento me debato entre el bien y el mal, entre el ser y el deber ser, estoy parada en el precipicio a punto de caer en el abismo de la argentinidad, del cual ya no hay retorno posible.

Resulta que hace un mes y pico hice un pedido de libros a Amazon, por culpa de Anne Boleyn, que me dio la idea acá. Como no llegaron a tiempo hice el reclamo, y en menos de 5 horas había recibido las disculpas de Amazon y la confirmación de que habían cargado el pedido de nuevo.

Hoy recibí las dos cajitas juntas en mi casa. O sea que en lugar de 3 hermosos libros tengo 6.

Tengo 3 opciones:

1) Ser una persona civilizada y notificar a Amazon, para ver cómo es el tema de la devolución.

2) Poner cara de Gollum y atesorar los libros al grito de "my precious" para hacer feliz a alguien que comparta mis gustos literarios.

3) Esperar un tiempo prudencial a ver si me reclaman algo, y luego proceder a la opción 2 con más tranquilidad mental, convenciéndome de que la orden extra es una especie de compensación por la demora original.

Dudo, dudo, no paro de dudar.

"Beauty for Annabelle", ilustración de Denise Van Leeuwen

lunes, 7 de noviembre de 2011

Otra oportunidad

Los domingos fueron hechos para la vagancia, y por tal cosa yo entiendo tres actividades:

  1. Comer;  
  2. Dormir;
  3. Disfrutar de alguna ficción (libro, película/serie o teatro).
Ayer (además de las primeras dos, claro) tocó película, así que R y yo nos fuimos al cine a ver la última de Almodóvar: “La piel que habito”.

¿Cómo empezar? Quizás por lo que sí me gustó, a riesgo de sonar como Graciela Alfano. Me gustaron las locaciones, la fotografía, la música, y la belleza innegable de la actriz principal (matémosla).

No me gustó el argumento: sin adelantar nada puedo decir que Pedro metió a Frankenstein y a un combo de novelas mexicanas en la licuadora, agregó un poco de sal y apretó el botón rojo. Obviamente salió una mezcla bastante informe, por no decir  inverosímil y traída de los pelos.

No me gustó el guión ni la estructura de la película: muchos flashbacks al dope y explicaciones innecesarias. No me gustó Antonio Banderas. No me gustó el final.

En definitiva: no me gustó. Algunos dirán que es cine de culto, que Almodóvar es “sólo para entendidos”. La pindonga. Para mí si la película le hace ruido al espectador común y corriente (como uno) significa que algo falló. Mi calificación: 2 y ½ de un máximo de 5.  

Ilustración de Aldous Massie


viernes, 4 de noviembre de 2011

La metamorfosis

Todavía no tengo hijos, con lo cual estoy en la etapa en la que para mí “BB” significa Blackberry o en todo caso Brigitte Bardot o Bahía Blanca, nunca “bebé”. Pero tengo muchas amigas que ya los tienen, y he notado que la maternidad las ha modificado a tal punto que algunas están irreconocibles.

Más allá de la incorporación de vocablos que uno todavía desconoce, como por ejemplo “huevito”, “practicuna”, o el temible “sacaleche”, creo que el nuevo status les ha cambiado hasta la manera de hablar. Podría decirse que la voz se les dulcifica, se les agudiza un poco el tono, el hablar es más pausado, e indefectiblemente el tema que empieza a predominar durante el 70% o más del tiempo de los encuentros o salidas es uno solo: los niños.

Con otra amiga hemos implementado la “Maternity Alarm”, que consiste en hacerles notar de manera bastante violenta al grupo de amigas madres que ya llevan bastante tiempo hablando de las ventajas y desventajas del chupete de silicona, y que ya podemos pasar a temas más superficiales que nos competan a todas, como el color de esmalte de uñas que se usa esta temporada.

Espero no volverme monotemática cuando me llegue el momento, y que no sea necesario que nadie haga sonar esa alarma (o directamente me pegue un bife por aburrida).

"Rosemary Baby", ilustración de Lindsay Beach

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Heroínas

Soy de la época del Street Fighter ochentoso, pero mi Alzheimer ha llegado a tal punto que no me acuerdo si se jugaba con la computadora (una Commodore 64) o con el Family Game (términos ambos igual de obsoletos). Lo que sí me acuerdo es que yo siempre elegía para jugar a Chun Li, y que mis hermanos me pegaban unas palizas épicas porque -por supuesto- era malísima. A mí me gustaba porque era japonesa y tenía dos rodetes en el pelo, si peleaba bien o mal era un tema secundario.

Otro personaje que me fascinaba era Cheetara, de los Thundercats, pero no por su velocidad sino porque me parecía hermosa con su aire felino y su piel atigrada (¿vendrá de ahí mi gusto por el animal print?). No entendía cómo Leon-O no se fijaba en ella en lugar de estar viendo más allá de lo evidente con su espada del augurio.

Pero sin repetir y sin soplar, los personajes femeninos de ficción que más me atraían de chica eran: Clarita de Heidi (silla de ruedas incluida), Jo de Mujercitas, Alicia (siempre), la Sirenita, Jerusha Abbot de "Papaíto Piernas Largas", Rainbow Brite, Mafalda, Katy (de un libro de la colección Robin Hood que se llamaba "Katy va a la escuela"), She-Ra, Momo y Campanita. 

Me divierte pensar que puedo tener algo de cada una de ellas. 


Ilustración: Irma Kniivila

martes, 1 de noviembre de 2011

Ya no queda nada más

Ayer fue Halloween. A falta de fiesta o de algún plan que incluyera calabazas, me disfracé de Bridget Jones y me instalé en el sillón frente a la TV con ¼ kilo de helado para ver el final de “El Elegido”, la novela que me fumé todo el año (al principio para reírme de la particular versión televisiva de un estudio de abogados, después para criticar a la Brédice, y después porque –lo admito- me enganché).

Odio a Echarri y a Paola Krum, pero me gustaba ver a Lito Cruz en su personaje de abogado diabólico, y a Luciano Cáceres como su hijo perturbado encarnando a mi pecado capital preferido: la pereza. Ludovico di Santo era una linda manera de recrear la vista, y había algún que otro personaje pintoresco: Greta, Armenia y Verónica San Martín (¡atencium!).

Para estar a tono con la temática, la verdad es que el final estuvo lejos de hacerle justicia a la novela. Lleno de clichés, de muertes gratuitas y de justificaciones ridículas para los “grandes secretos” que habían sido la base de la historia durante todo el año. ¿Qué joraca es el regüe? ¿Para qué servía? ¿Era necesario que en la última semana apareciera la paparruchada esa de la daga negra y la daga blanca? ¿Y ese final abierto, con Alma que por supuesto empezó a hablar siendo autista?

Malísimo todo, pobre y berreta. Me indignan los guionistas que no planean el final de una historia desde que empiezan a escribirla.
 
Por suerte, para compensar, el helado estuvo 10 puntos.